¡Viva Frozen! desarrolladora de código (y la Caperucita inteligente)

Ser periodista especializada en tecnología te hace tomar conciencia de dos aspectos críticos. Por un lado, la cada vez mayor importancia que la tecnología va a tener en todos los campos e industrias de nuestra sociedad. Y, en segundo lugar, que es un sector dominado eminentemente por hombres. Basta con mirar cualquier foto del recientemente celebrado Mobile World Congress para percatarnos que las mujeres, en tecnología, son una amplia minoría.

Encontrar referentes femeninos es complicado. Los hay, y muy buenos. Pero no todas están dispuestas a hablar con la prensa, pese a que sería muy necesario que lo hicieran. Afortunadamente, algunas conceden unas grandes entrevistas (incluso aunque puedan sentirse hastiadas por la repetición de la pregunta de si se sienten referentes por el hecho de ser mujer en un mundo de hombres).

Cada vez hay más movimientos, sobre todo en redes sociales, donde se pueden encontrar ejemplos y casos reales de chicas y mujeres que trabajan en puestos técnicos. Donde se anima, de diferente forma, a que las chicas y las niñas se sientan atraídas por estas ciencias. Que no crean que son “bichos” raros por gustarles la computación, la informática, el código, el desarrollo, las telecomunicaciones. Que sepan que son materias tan válidas para ellas como para sus compañeros. Que no hay problema ni reto que no puedan resolver con sus capacidades y habilidades.

He tenido la oportunidad de escribir mucho sobre el tema de la mujer en tecnología. He hablado con muchas personas y voces autorizadas en la cuestión. Y estoy convencida de que hay que lograr que estas materias sean atractivas para las niñas, desde su más tierna infancia.

Y es aquí cuando quiero hacer un alegato a favor de Frozen, la desarrolladora de código, o de la Caperucita inteligente que le gana la partida al lobo.

No suelo entrar en detalles de mi vida personal, pero hoy voy a hacer una excepción. Además de mujer y periodista, soy madre. Por partida doble. Un niño (el mayor) y una niña (la pequeña). Con ellos he aprendido muchas cosas, entre ellas que hay aspectos de nuestra personalidad que vienen marcados por los genes. Así, los niños suelen mostrar preferencia, desde muy bebés, por coches y balones, mientras que las niñas prefieren jugar con muñecas. Es así. No solo debemos asumirlo, sino incorporarlo como un activo de cara a romper con determinadas barreras.

Supe de la página Code.org por una compañera de profesión. Ahí descubrí que hay un curso para aprender programación con Frozen. ¿Qué niña no ha cantado “Suéltalo (libre soy)” y se sabe casi de memoria los diálogos de Ana, Elsa y Olaf?

La que dicen que es la primera princesa protagonista de Disney con un marcado carácter feminista (no depende de hombres, ni busca su príncipe azul, para comprender que el amor verdadero es el de dos hermanas) se dedica a enseñar cómo programar. Sonaba algo más que interesante.

Yo misma estuve practicando con Frozen los distintos retos que me planteaba. Reconozco que me gustó tanto que estoy completando todos los cursos gratuitos disponibles en la página web.

Mi hijo mayor ya está dando robótica como extra escolar en el colegio. La pequeña, por edad, aún no puede hacerlo. Pero tras ver a Frozen desarrolladora, decidí coger a mi hija en brazos y enseñarle este curso. Me senté con ella delante del ordenador y le fui explicando cómo, gracias a los bloques de código, podíamos hacer que Elsa y Ana patinaran. Incluso podíamos hacer copos de nieve. Y de colores (rosa, morado, blanco, azul clarito…).

El juego (si, el curso está planteado como un juego) le encantó. Tanto que meses después se sigue acordando y quiere seguir poniendo bloques de código para hacer patinar a Elsa y Ana. Es más, tras haber completado con éxito dos veces el curso, nos hemos puesto con Vaiana, otra princesa guerrera de la factoría Disney.

En este curso, además, podemos ver cómo una de las chicas que trabajan desarrollando la página web y los juegos de la película de Vaiana o de StarWars explica que se empezó a interesar por el código cuando se dio cuenta de que podía combinar dos de sus pasiones: las matemáticas y el arte (¿a qué niño no le gusta pintar?)

Algo similar ocurre con los juegos Smart Games. Combinando diferentes piezas, debes resolver los retos y problemas que te plantea el puzzle. En uno de estos juegos Smart Games, Caperucita tiene que ser más inteligente y rápida que el lobo para llegar a casa de la abuela.

Creo que ambas opciones han entendido muy bien que así motivan a las niñas a desarrollar ciertas habilidades que pueden ser críticas para el futuro y hacerlo de una manera atractiva. En lugar de poner un coche como protagonista, se están poniendo roles con los que las niñas se sienten más identificadas y cómodas.

Todos reclamamos referentes femeninos en tecnología para romper la brecha de género. Y es innegable que las princesas como Frozen o Vaiana son referentes para las niñas de hoy. Aprovechemos estos roles para fomentar en estas criaturas, las mujeres del mañana, esas habilidades y capacidades con las que puedan romper ese particular techo de cristal.

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